Redactora Creativa y Ghostwriter

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Luego del análisis de los metales monetarios y en cómo el oro llegó a ser el principal en todo el mundo durante la época del patrón oro, a finales del siglo XIX, la presente entrada revisa el paso al dinero gubernamental y su trayectoria.

Moneda regulada por el gobierno y Bitcoin

La primera guerra mundial supuso el final de la era en la que el libre mercado decidía los medios monetarios, así como el principio de la época del dinero regulado por los gobiernos. Aunque el oro siga apuntalando el sistema monetario mundial hasta la fecha, los decretos y las decisiones de los gobiernos, así como sus políticas monetarias, configuran la realidad pecuniaria del mundo más que cualquier aspecto de índole individual.

El nombre común para la moneda regulada gubernamentalmente es dinero fíat, de la palabra latina fiat («hágase»), en alusión a su carácter de dinero creado por decreto, orden o autorización. Hay que comprender desde el principio dos importantes hechos sobre la moneda gubernamental. En primer lugar, existe una gran diferencia entre el dinero gubernamental convertible en oro y el irredimible (no convertible), aunque ambos los administre el gobierno. Bajo un patrón oro, el dinero es oro, y el gobierno sólo asume la responsabilidad de acuñar unidades estándar del metal o de imprimir billetes respaldados por el oro. El gobierno no tiene ningún control sobre la oferta de oro en la economía, y la gente puede canjear su papel moneda por oro físico en cualquier momento, y utilizar otras formas y figuras de oro, como lingotes y monedas extranjeras, en sus tratos recíprocos. Por otro lado, con una moneda gubernamental irredimible, la deuda del gobierno y/o el papel se utiliza como moneda, y el gobierno tiene la capacidad de incrementar su oferta como estime conveniente. Si alguien utiliza otras formas de dinero para realizar intercambios, o bien trata de crear más dinero del gobierno, corre el riesgo de recibir un severo castigo.

El segundo hecho, que con frecuencia se pasa por alto, es que, pese a lo que su nombre podría dar a entender, ningún dinero fíat ha entrado en circulación sólo a través de un mandato gubernamental; en principio, todo ese dinero era convertible en oro o plata, o bien en divisas que fueran convertibles. Sólo mediante la convertibilidad en formas vendibles de dinero el papel moneda gubernamental adquiere su vendibilidad. El gobierno puede emitir decretos que ordenen que la gente utilice su papel moneda para realizar pagos, pero ningún gobierno ha impuesto dicha vendibilidad en estos billetes sin que éstos hayan sido primero canjeables en oro o plata. Hasta el día de hoy, todos los bancos centrales gubernamentales mantienen reservas para respaldar el valor de su divisa nacional. La mayoría de los países custodian cierta cantidad de oro en sus reservas, y aquellos que no las tienen atesoran existencias en forma de dinero fíat de otros países, que a su vez están respaldadas por reservas de oro. No existe ninguna divisa fíat pura en circulación que no tenga algún tipo de garantía. De manera contraria al principio más clamorosamente erróneo y fundamental de la teoría estatal del dinero, no fueron los gobiernos los que decretaron el oro como dinero; más bien es por el hecho de poseer oro que los gobiernos consiguen que se acepten sus divisas. El más antiguo ejemplo registrado de dinero fíat fue el jiaozi, un papel moneda emitido por la dinastía Song en China, en el siglo x. Al principio, el jiaozi no era más que un pagaré a cambio de oro o plata; sin embargo, luego, el gobierno controló su emisión y suspendió su convertibilidad, aumentando la cantidad de moneda impresa hasta que se hundió. La dinastía Yuan también emitió dinero fíat en 1260, denominado chao, y su oferta excedió en mucho el respaldo que tenía en metal, con desastrosas consecuencias, como era de esperar. Como el valor del dinero se derrumbó, la gente acabó en la miseria, y muchos campesinos tuvieron incluso que vender a sus hijos como esclavos para saldar sus deudas.

El dinero gubernamental es entonces parecido a las formas primitivas de dinero, de las que ya hemos hablado en el capítulo 2, y a materias primas diferentes del oro, caso éste en que su oferta es susceptible de aumentar con rapidez en comparación con sus reservas, lo que lleva a una rápida pérdida de vendibilidad, a la destrucción de su valor adquisitivo y al empobrecimiento de sus poseedores. En este sentido se diferencia del oro, cuya oferta no se puede incrementar debido a sus fundamentales propiedades químicas señaladas antes. El hecho de que un gobierno exija que se paguen impuestos en su unidad monetaria tal vez garantice una vida más larga a dicha divisa, pero sólo si el gobierno es capaz de impedir la rápida expansión de la oferta podrá proteger su valor y evitar que se devalúe deprisa. Al comparar diferentes divisas nacionales, vemos que las principales y las más utilizadas tienen un menor incremento anual de la oferta que aquellas menores y menos vendibles.

Nacionalismo monetario y el final del mundo libre

Los muchos enemigos de una moneda sólida a los que Mises nombra en la cita a la que se hace referencia al final del último capítulo iban a celebrar su triunfo sobre el patrón oro con el comienzo de una pequeña guerra en Europa central en 1914, que se descontroló y acabó por convertirse en la primera guerra mundial de la historia de la humanidad. Sin duda, cuando el conflicto empezó, nadie imaginó que duraría tanto tiempo ni que provocaría tantas víctimas. Por ejemplo, los periódicos británicos la proclamaron «la guerra del día festivo de agosto», esperando que se tratara de una simple y triunfante excursión veraniega para sus tropas. Se creía que sería un conflicto acotado. Y, tras décadas de paz relativa en Europa, existía toda una nueva generación de europeos que no había aprendido a calibrar las probables consecuencias que comporta el desencadenamiento de una guerra. Hasta hoy, los historiadores no consiguen ofrecer una explicación estratégica o geopolítica convincente sobre por qué un conflicto entre el Imperio austrohúngaro y los separatistas serbios pudo provocar una guerra mundial que se llevó por delante la vida de millones de personas y redefinió la mayoría de las fronteras del mundo de forma radical.

En retrospectiva, la principal diferencia entre la primera guerra mundial y las anteriores guerras limitadas no fue ni geopolítica ni estratégica, sino más bien monetaria. Cuando los gobiernos estaban bajo el patrón oro, tenían control directo sobre grandes depósitos del mineral, mientras que su gente lidiaba con recibos en papel del mismo. La facilidad con la que un gobierno podía emitir más papel moneda era demasiado tentadora en pleno conflicto bélico, y mucho más sencillo que subir impuestos a sus ciudadanos. Al cabo de unas pocas semanas de que empezara la guerra, los principales contendientes habían suspendido la convertibilidad en oro, saliendo de forma efectiva del patrón oro y poniendo a su población bajo un patrón fíat, en que el dinero que utilizaban era papel moneda emitida por el gobierno y que no era canjeable por oro.

Con la simple suspensión de la convertibilidad en oro, los esfuerzos de guerra de los gobiernos ya no se limitaban al dinero que tuviesen en sus arcas, sino que se hacían extensivos a prácticamente toda la riqueza de la población. Durante el tiempo en que el gobierno pudo imprimir más dinero, y mientras sus ciudadanos y los extranjeros aceptaron dicha divisa, se pudo seguir financiando la guerra. Antes, bajo un sistema monetario en el que el oro, en tanto que moneda, estaba en manos de la gente, los gobiernos sólo contaban con sus propios activos del tesoro para sustentar sus operaciones bélicas, junto con cualquier impuesto o emisión de bonos. Esto limitaba los conflictos, y es un aspecto central de los períodos de paz más o menos prolongados que se experimentaron en todo el mundo antes del siglo xx.
Si las naciones de Europa hubieran mantenido el patrón oro, o si sus ciudadanos hubieran conservado el oro en sus propias manos, forzando a los gobiernos a recurrir a los impuestos en vez de a la inflación, la historia podría haber sido muy diferente. En ese caso, es muy probable que la primera guerra mundial se hubiera resuelto militarmente en cuestión de pocos meses de conflicto, ya que una de las facciones aliadas habría comenzado a quedarse sin financiación, y habría tropezado con dificultades a la hora de obtener dinero por parte de una población que no estaba dispuesta a desprenderse de su riqueza para defender la supervivencia de su régimen. Pero, con la suspensión del patrón oro, quedarse sin financiación no bastaba para terminar la guerra; un Estado soberano tenía que quedarse sin la riqueza acumulada de su pueblo expropiada mediante la inflación.

La devaluación de su moneda por parte de los países europeos permitió que el sangriento bloqueo continuara durante cuatro años, sin ninguna resolución ni avance. Lo absurdo de todo esto no pasó desapercibido ni para la población de dichos países ni para los soldados en el frente, los cuales arriesgaban y perdían sus vidas sin otra razón aparente más que la vanidad y ambición sin límites de monarcas que, por lo general, estaba emparentados y tenían vínculos matrimoniales entre sus casas reales. Como muestra gráfica de la absoluta insensatez de esa guerra, la Nochebuena de 1914, los soldados franceses, ingleses y alemanes dejaron a un lado la orden de combatir, depusieron sus armas y cruzaron la línea de batalla para socializar y relacionarse entre sí. Muchos de los soldados alemanes habían trabajado en Inglaterra y hablaban inglés, y la mayoría de los reclutas eran aficionados al fútbol, de modo que improvisaron varios partidos entre los distintos equipos. El asombroso hecho que puso de manifiesto esta tregua es que los soldados no tenían nada los unos contra los otros, no ganaban nada combatiendo en la guerra y no veían ninguna razón para continuarla. Una salida preferible para la rivalidad de sus naciones sería el fútbol, un juego universalmente popular en el que las afiliaciones tribales y nacionales pueden representarse de manera pacífica.

La guerra continuaría otros cuatro años con apenas progresos apreciables, hasta que Estados Unidos intervino en 1917 e inclinó la contienda a favor de una de las partes, y en detrimento de la otra, mediante la aportación de una gran cantidad de recursos que sus enemigos no pudieron afrontar. Si bien todos los gobiernos financiaban su maquinaria bélica con inflación, Alemania y el Imperio austrohúngaro comenzaron a experimentar una grave pérdida del valor de su divisa en 1918, lo que hizo que su derrota fuera inevitable. Comparar la tasa de cambio de las monedas de los combatientes en relación con el franco suizo, que entonces seguía estando bajo el patrón oro, proporciona una medida útil de la devaluación que experimentaron las diferentes divisas.

Después de que se calmaran las cosas, las monedas de las principales potencias europeas habían disminuido en valor real. En noviembre de 1918, las naciones perdedoras, Alemania y Austria, vieron caer el valor medio de sus monedas a un 51 por ciento y a un 31 por ciento de su valor en 1913, respectivamente. La divisa italiana experimentó una caída al 77 por ciento de su valor previo, mientras que la francesa sólo bajó a un 91 por ciento, la libra inglesa a un 93 por ciento y la divisa estadounidense sólo al 96 por ciento de su valor original.

No valió la pena tanta carnicería para los cambios geopolíticos provocados por la guerra, ya que la mayoría de las naciones ganaron o perdieron sólo una mínima cantidad de terreno, y ningún vencedor pudo alegar haber tomado grandes territorios por los que hubiera valido la pena el sacrificio. El Imperio austrohúngaro se dividió en pequeñas naciones, pero éstas permanecieron gobernadas por sus propios ciudadanos, y no por los ganadores de la contienda. El principal cambio surgido del conflicto fue la supresión de muchas monarquías europeas, que fueron sustituidas por regímenes republicanos. Determinar si esta transición fue para mejor es insignificante en comparación con la destrucción y devastación que la guerra infligió en los ciudadanos de los países contendientes.

Con el canje del oro por parte de los bancos centrales y la circulación del oro suspendida o restringida a escala internacional en las principales economías, los gobiernos pudieron mantener la apariencia de que el valor de la divisa había conservado la paridad con el oro que tenía antes de la guerra, pese a que los precios subían. Cuando terminó el conflicto, el sistema monetario internacional que giraba alrededor del patrón oro dejó de estar vigente. Todos los países habían abandonado el patrón oro, y tuvieron que enfrentar el gran dilema de si debían regresar al mismo y, de ser así, cómo revalorizar sus divisas frente al metal. Haber hecho una justa valoración de mercado de sus existencias vigentes de moneda en relación con su verdadero stock de oro habría supuesto un muy impopular reconocimiento de la devaluación que la moneda había experimentado. Una vuelta a los antiguos tipos de cambio podría provocar que los ciudadanos exigieran tener oro en vez de los omnipresentes recibos en papel, y también que se produjera una fuga del metal a otros países donde estuviera lo bastante valorado.

Este dilema «retiró» el dinero del mercado y lo convirtió en una decisión económica controlada por la política. En lugar de que fueran los participantes del mercado quienes eligieran de manera libre el bien más vendible como instrumento de cambio, el valor, la oferta y el tipo de cambio del dinero pasaron a estar centralmente planificados por los gobiernos nacionales, creándose así un sistema monetario que Hayek denominó nacionalismo monetario en un breve y brillante libro con el mismo título:

Por nacionalismo monetario se entiende aquella doctrina según la cual la participación de cada país en la oferta mundial de dinero no debería dejarse determinar por los mismos principios y los mismos mecanismos por los que se determinan las cantidades relativas de dinero entre las diferentes regiones o localidades de un país. Un verdadero sistema monetario internacional permitiría que todo el mundo poseyera una divisa homogénea, como la que se tiene en países distintos y cuyo flujo entre regiones se dejó determinar por los resultados de la acción de todos los individuos.

El oro no volvería a ser jamás la divisa uniforme del mundo, y se extendieron tanto las posiciones de monopolio de los bancos centrales como las restricciones a ostentar la propiedad del oro, lo cual obliga a la gente a utilizar el dinero gubernamental nacional. La introducción del Bitcoin, como divisa originaria de internet que desborda los límites nacionales y permanece fuera del ámbito del control gubernamental, ofrece una interesante posibilidad de que aparezca un nuevo sistema monetario internacional, lo cual se examinará en el capítulo 9.

El período de entreguerras

Bajo el patrón oro internacional, el dinero fluía con libertad entre los países a cambio de mercancías, y la tasa de cambio entre diferentes divisas no era más que la conversión entre diferentes pesos de oro; sin embargo, bajo el nacionalismo monetario, la oferta de dinero de cada país, así como el tipo de cambio entre ellas, se determinarían en acuerdos y reuniones internacionales. Alemania sufrió hiperinflación después de que el Tratado de Versalles le impusiera grandes indemnizaciones y de que el país quisiera pagarlas utilizando la inflación. Gran Bretaña se enfrentaba a importantes problemas debido al flujo de su oro hacia Francia y Estados Unidos en un intento de mantener el patrón oro, pero con una tasa que sobrevaloraba la libra inglesa e infravaloraba el oro.

El primer tratado importante del siglo del nacionalismo monetario fue el de Génova, en 1922. En el marco de dicho acuerdo, el dólar estadounidense y la libra británica debían considerarse monedas de reserva parecidas al oro en su posición en las reservas de otros países. Con esta medida, Gran Bretaña esperaba aliviar los problemas que afrontaba con la sobrevalorada libra, haciendo que otros Estados adquirieran grandes cantidades de la misma para depositarlas en sus reservas. Las principales potencias mundiales marcaron su abandono de la solidez del patrón oro hacia el inflacionismo como solución a los problemas económicos. La insensatez del acuerdo radicaba en que estos gobiernos querían inflar la masa monetaria y, al mismo tiempo, mantener estable el precio de su divisa en relación con el oro a niveles de antes de la guerra. Se buscaba así obtener seguridad en las cifras: si todo el mundo devaluaba su divisa, el capital no tendría donde esconderse. Pero esto no funcionó, ni podía hacerlo, y el oro siguió fluyendo desde Gran Bretaña hacia Estados Unidos y Francia.

La sangría de oro procedente de Gran Bretaña es una historia poco conocida y con enormes consecuencias. El libro de Liaquat Ahamed titulado Los señores de las finanzas, se centra en este episodio, y realiza un buen trabajo al examinar a los individuos involucrados, así como el drama que tuvo lugar, aunque adopta la reinante interpretación keynesiana de la cuestión, culpando de todo el episodio al patrón oro. A pesar de su amplia investigación, Ahamed no parece comprender que el problema no estribaba en el patrón oro, sino en que, después de la primera guerra mundial, los gobiernos quisieron regresar a las tasas de cambio del patrón oro de antes de la contienda. Si hubieran admitido frente a sus ciudadanos la magnitud de la devaluación que había tenido lugar por librar la guerra y hubiesen vinculado de nuevo sus divisas al oro con tasas actualizadas, lo más probable es que se hubiera registrado una recesión tras la cual la economía se hubiera recuperado sobre una sólida base monetaria.

Un mejor modo de abordar este episodio y sus espantosas repercusiones puede encontrarse en el libro La gran depresión, de Murray Rothbard. A medida que las reservas de oro de Gran Bretaña abandonaban sus costas hacia lugares en los que estaba mejor valorado, el gobernador del Banco de Inglaterra, sir Montagu Norman, se apoyó en que sus homólogos francés, alemán y estadounidense incrementaran la masa monetaria en sus países, devaluando sus papeles moneda, con la esperanza de que detuviera el flujo de oro que abandonaba Inglaterra. Si bien los banqueros franceses y alemanes no quisieron cooperar, Benjamin Strong, presidente de la Reserva Federal de Nueva York, sí lo hizo, y participó en la política monetaria inflacionaria durante la década de 1920. Puede que esto lograra reducir la salida de oro de Gran Bretaña hasta cierto punto, pero la consecuencia más importante es que provocó una burbuja más grande en el mercado inmobiliario y bursátil de Estados Unidos. La política inflacionista de la Reserva Federal estadounidense terminó hacia finales de 1928, momento en que la economía de Estados Unidos estuvo lista para el inevitable colapso que siguió a la suspensión del inflacionismo; esto es, el derrumbe de la bolsa en 1929, que gracias a la reacción del gobierno estadounidense dio lugar a la más prolongada recesión de la historia.

El más frecuente relato sobre la Gran Depresión postula que el presidente Hoover decidió permanecer inactivo frente a la fase descendiente del ciclo económico, debido a su injustificada fe en la capacidad del libre mercado para lograr la recuperación y a su apego al patrón oro. Sólo cuando fue sustituido por Franklin Delano Roosevelt, que pasó a desarrollar un papel gubernamental activo y suspendió el patrón oro, se produjo la recuperación de Estados Unidos. Esto, por decirlo con suavidad, es una tontería. Hoover no sólo incrementó el gasto estatal en proyectos de obras públicas para combatir la depresión, sino que, además, se apoyó en la Reserva Federal para ampliar el crédito y adoptó una política centrada en la loca misión de mantener los salarios altos frente a la disminución de la escala de salarios. Es más, se estableció el control de precios para mantener el valor de los productos a precios elevados, en particular de los agrícolas, precios parecidos a los que se consideraban justos y correctos en la situación previa a la depresión. Estados Unidos y todas las principales economías del mundo empezaron a aplicar políticas comerciales proteccionistas, lo que agravaría aún más las cosas en la economía a escala mundial.

Es un hecho poco conocido, retocado con esmero en los libros de historia, que, en las elecciones generales estadounidenses de 1932, Hoover se presentó como candidato con un programa muy intervencionista, mientras que Franklin Delano Roosevelt lo hizo con uno de responsabilidad monetaria y fiscal. En realidad, los estadounidenses votaron en contra de las políticas de Hoover, pero cuando F. D. Roosevelt llegó al poder, creyó más conveniente seguir la corriente de los intereses que habían influido en Hoover y, como consecuencia de ello, las políticas intervencionistas de Hoover se desarrollaron en lo que llegó a conocerse como el New Deal. Es importante darse cuenta de que no había nada extraordinario o nuevo en ese «nuevo acuerdo». No era más que una ampliación de las políticas fuertemente intervencionistas que Hoover había establecido.

Una preliminar comprensión del mundo económico dejará claro que el control de precios siempre es contraproducente, y que da como resultado excedentes y escasez. Los problemas que afrontaba la economía estadounidense en la década de 1930 estaban vinculados de manera inextricable a la fijación de salarios y precios. Los salarios se habían establecido en un nivel demasiado alto, lo que provocó una tasa de paro muy elevada, de hasta un 25 por ciento en determinados momentos, mientras que el control de precios había generado escasez y excedente de varias mercancías. Llegaron incluso a quemarse algunos productos agrícolas para mantener así sus elevados precios, lo que llevó a la demencial situación en que la gente padecía hambre y estaba desesperada por trabajar, mientras que los productores no podían contratarlos porque no podían permitirse sus salarios; y aquellos que podían producir cosechas tuvieron que quemar algunas para mantener el precio elevado. Todo esto se hizo para mantener los precios a los niveles de la más próspera situación previa a 1929, aferrándose a la ilusión de que el dólar seguía manteniendo su valor frente al oro. La inflación de la década de 1920 había provocado importantes burbujas especulativas en el mercado inmobiliario y bursátil, así como un incremento artificial de los salarios y precios. Tras el estallido de la burbuja, los precios del mercado procuraron readaptarse a través de una bajada del valor del dólar frente al oro y de un descenso en los salarios y precios reales. La testarudez de los ilusos encargados de la planificación central que querían evitar que esto sucediera fue lo que paralizó la economía: el dólar, los salarios y los precios estaban sobrevalorados, lo que condujo a que la gente quisiera deshacerse de sus dólares y cambiarlos por oro; y eso llevó también a un desempleo generalizado y a una disminución de la producción.

Por supuesto, nada de esto hubiera sido posible con una moneda sólida, y sólo inflando la masa monetaria surgieron estos problemas. Y, aun después de la inflación, las consecuencias hubieran sido mucho menos desastrosas si hubieran revalorizado el dólar frente al oro a un precio determinado por el mercado, y dejado que los salarios y los precios se ajustaran con libertad. En vez de aprender la lección, los economistas del gobierno de la época decidieron que la culpa no fue del inflacionismo, sino más bien del patrón oro, que restringía el inflacionismo del gobierno. Con el fin de retirar los grilletes dorados al mismo, el presidente Roosevelt emitió un decreto ejecutivo mediante el que se prohibía la posesión de oro, obligando a los estadounidenses a vender su oro al Tesoro de Estados Unidos a razón de 20,67 dólares por onza. Con la población privada de una moneda sólida y obligada a tratar con dólares, Roosevelt revalorizó el dólar en el mercado internacional desde los 20,67 dólares por onza a los 35 dólares por onza, una devaluación del 41 por ciento del dólar en términos reales (oro). Ésta fue la inevitable realidad de años de inflacionismo que empezó en 1914 con la creación de la Reserva Federal y la financiación de la entrada de Estados Unidos en la segunda guerra mundial.

Fue el abandono de una moneda sólida y su sustitución por dinero fíat emitido por el gobierno lo que convirtió a las economías más importantes del mundo en fracasos de planificación central del gobierno. Como los gobiernos controlaban el dinero, dominaban la mayoría de la actividad económica, política, cultural y educativa. Sin haber estudiado nunca economía ni haber investigado en ella de manera profesional, Keynes apresó ese espíritu de la época del gobierno omnipotente para idear la vía definitiva que proporcionó a los gobiernos aquello que querían oír. Atrás quedaron todos los cimientos del conocimiento económico adquiridos durante siglos de erudición en todo el mundo, los cuales fueron sustituidos por la nueva fe en las cómodas conclusiones que se ajustaban a las preferencias de los políticos y los gobiernos totalitarios llegado el momento: la situación de la economía viene determinada por el motor del gasto agregado, y cualquier aumento del desempleo o ralentización de la producción no tuvo causas subyacentes en la estructura de la producción o en la distorsión de los mercados llevada a cabo por los planificadores centrales; más bien todo se debía a la escasez del gasto, y la solución era la corrupción de la moneda y el incremento del gasto público. El ahorro reduce el gasto, y, como éste es lo que importa, el gobierno debe hacer cuanto esté en su mano para impedir que sus ciudadanos ahorren. Las importaciones dejan a los trabajadores sin empleo, de modo que el aumento del gasto debe dedicarse a productos nacionales. A los gobiernos les encantaba este mensaje, y Keynes lo sabía. Su libro se tradujo al alemán en 1937, en pleno nazismo; y, en la introducción a la edición alemana, Keynes escribió:

La teoría de la producción agregada, que es la que este libro pretende proporcionar, se adapta con mayor facilidad a las condiciones de un Estado totalitario de lo que lo hace la teoría de la producción y distribución de un producto dado producido en condiciones de libre competencia y grandes dosis de laissez-faire.

Dio comienzo el aluvión keynesiano, del que el mundo aún no se ha recuperado. Las universidades perdieron su independencia y se convirtieron en parte integrante del aparato dominante del gobierno. La economía académica dejó de ser una disciplina intelectual centrada en la comprensión de las elecciones del ser humano en situaciones de escasez para mejorar su situación. En cambio, se convirtió en un brazo del gobierno, destinado a dirigir a los responsables políticos hacia las políticas más adecuadas para gestionar la actividad económica. La idea de que es necesaria la gestión gubernamental de la economía se convirtió en el incuestionable punto de partida de toda educación económica moderna, como se desprende de echar un vistazo a cualquier libro de texto de economía actual, donde los gobiernos desempeñan el mismo papel que Dios en los textos religiosos: una fuerza omnipresente, omnisciente y omnipotente que sólo necesita identificar problemas para abordarlos de manera satisfactoria. El gobierno es inmune al concepto de costes de oportunidad, y rara vez se consideran los resultados negativos de la intervención gubernamental en la actividad económica; y, si se hace, sólo es para justificar incluso una mayor intervención del mismo. La tradición liberal clásica que consideraba la libertad económica como la base de la prosperidad económica fue dejada a un lado con discreción mientras los propagandistas del gobierno, que se hacían pasar por economistas, presentaron la Gran Depresión, provocada y agravada por los controles gubernamentales, como la refutación del libre mercado. Los liberales clásicos fueron los enemigos de los regímenes políticos de la década de 1930; asesinados y expulsados de Rusia, Italia, Alemania y Austria, tuvieron suerte de ser sólo enjuiciados académicamente en Estados Unidos y Gran Bretaña, donde estos colosos tuvieron dificultades para encontrar empleo, mientras que burócratas mediocres y estadísticos fracasados ocuparon todos los departamentos de economía de las universidades con su cientificismo y su falsa certidumbre.

Hoy día, los programas de estudio de economía aprobados por los gobiernos siguen culpando al patrón oro de la Gran Depresión. De repente, el mismo patrón oro que dio lugar a más de cuatro décadas de crecimiento y prosperidad mundial casi ininterrumpida entre 1870 y 1914 dejó de funcionar en la década de 1930 porque no permitía a los gobiernos ampliar su masa monetaria para combatir la depresión cuyas causas estos economistas no pueden explicar, más allá de utilizar alusiones keynesianas a los espíritus animales. Ninguno de estos economistas parece darse cuenta de que si el problema fue en realidad el patrón oro, entonces su suspensión debería haber acarreado el principio de la recuperación. En vez de eso, pasó más de una década tras su suspensión hasta que se reanudó el crecimiento. La evidente conclusión para cualquiera con un conocimiento básico sobre cómo funciona el dinero y la economía es que la causa del crac de 1929 fue la desviación del patrón oro en los años posteriores a la primera guerra mundial, y que la intensificación de la depresión se debió al control del gobierno y a la socialización de la economía en los años de Hoover y de F. D. Roosevelt. Ni la interrupción del patrón oro ni el gasto en tiempos de guerra hicieron nada para aliviar la Gran Depresión.

Cuando las principales economías del mundo abandonaron el patrón oro, el comercio mundial no tardó en naufragar en las costas del oscilante dinero fíat. Sin un patrón de valor que permitiera la existencia de un mecanismo de fijación de precios internacional, y con los gobiernos cada vez más rehenes de sus impulsos estatistas y aislacionistas, la manipulación monetaria surgió como una herramienta de política comercial, donde los países intentaban devaluar sus divisas para proporcionar a sus exportadores una ventaja. Se erigieron más barreras comerciales, y el nacionalismo económico se convirtió en el carácter distintivo de esa época, con las desastrosas consecuencias que eran de esperar. Las naciones que habían prosperado juntas 40 años antes, comerciando bajo un patrón oro universal, sufrían ahora grandes barreras monetarias y comerciales entre ellas, tenían ruidosos líderes populistas que achacaban todos los fracasos a otras naciones y vivían en una creciente corriente de detestable nacionalismo que pronto cumpliría la profecía de Otto Mallery: «Cuando las mercancías no cruzan las fronteras, lo harán los soldados. A menos que se puedan retirar los grilletes al comercio, las bombas caerán del cielo».

La segunda guerra mundial y Bretton Woods

No hay duda de que las bombas cayeron del cielo, sumándose a otras innumerables y, hasta entonces, inconcebibles formas de asesinar y sembrar el horror. La maquinaria bélica que construyeron las economías dirigidas por gobiernos era mucho más avanzada que cualquier cosa vista antes; y ello se debió a la popularidad de la más peligrosa y absurda de las falacias keynesianas, la idea de que el gasto público en actividades militares contribuiría a la recuperación económica. En la ingenua ciencia económica de los keynesianos todo gasto es gasto, de modo que no importa si éste proviene de que las personas alimenten a sus familias o de que los gobiernos asesinen a extranjeros: ¡todo cuenta en la demanda agregada, y todo ello reduce el desempleo! Como un creciente número de personas pasó hambre durante la depresión, los principales gobiernos gastaron una ingente cantidad de dinero en armas, y el resultado fue la vuelta a la destrucción sin sentido de hacía tres décadas.

Para los economistas keynesianos, la guerra fue la causante de la recuperación económica; y si uno ve la vida sólo a través de las lentes de datos agregados estadísticos obtenidos por burócratas gubernamentales, semejante ridícula idea es sostenible. Con los gastos de guerra y de reclutamiento gubernamentales en alza, el gasto total se disparó, mientras que el paro cayó en picado, de modo que todos los países que participaron en la segunda guerra mundial se recuperaron gracias a su participación en la contienda. No obstante, cualquiera que no sufra de ciencia económica keynesiana puede ver que la vida durante la segunda guerra mundial, incluso en aquellos países que no presenciaron la guerra en su territorio, como Estados Unidos, no puede ni por asomo ser calificada de «recuperación económica». Además de muerte y destrucción, la dedicación de tanta cantidad de capital y mano de obra por parte de los países beligerantes a la guerra significó un escaso volumen de producción en casa, lo que dio lugar al racionamiento y al control de precios. En Estados Unidos se prohibió la construcción de viviendas nuevas. Más evidente aún es que resulta difícil sostener que los soldados que combatieron y murieron en el frente, los cuales constituían un elevado porcentaje de la población de las naciones beligerantes, disfrutaron de ninguna clase de recuperación económica, por mucho gasto agregado que se dedicara a la fabricación de las armas que portaban.

Pero uno de los golpes más devastadores a la teoría keynesiana de la demanda agregada como factor determinante del estado de la economía surgió en la etapa posterior a la segunda guerra mundial, en particular en Estados Unidos. Una confluencia de elementos había conspirado para disminuir de forma drástica el gasto del gobierno, lo que llevó a los economistas keynesianos de la época a predecir miseria y desolación tras la contienda: el fin de los enfrentamientos militares redujo bastante el gasto militar. La muerte del populista y poderoso F. D. Roosevelt, y su sustitución por el más manso y menos icónico Truman, que se enfrentaría a un Congreso controlado por los republicanos, provocó un estancamiento de la situación política que impidió la renovación de los estatutos del New Deal. Todos estos factores juntos, al ser analizados por los economistas keynesianos, apuntaban a un desastre inminente, tal y como escribió Paul Samuelson, el hombre que literalmente escribió los libros de texto para la formación económica en la posguerra, en 1943:

La conclusión final que podemos sacar de nuestra experiencia al final de la última guerra es ineludible, si la guerra acabara de repente en los próximos seis meses, si de nuevo concluyéramos sin planificar nuestro esfuerzo bélico con suma precipitación, desmovilizáramos nuestras fuerzas armadas, liquidáramos el control de precios, para pasar de un déficit astronómico a uno aún mayor al de los años treinta, esto marcaría el comienzo del mayor período de desempleo y deslocalización industrial a la que se haya enfrentado nunca ninguna economía.

El final de la segunda guerra mundial y el desmantelamiento del New Deal significó un recorte de un sorprendente 75 por ciento del gasto del gobierno estadounidense entre 1944 y 1948, así como la eliminación de la mayoría de controles a los precios, por si acaso. Sin embargo, la economía de Estados Unidos experimentó un impresionante auge durante esos años. Los cerca de diez millones de hombres que habían sido movilizados para la guerra regresaron a casa y fueron absorbidos prácticamente sin problemas por el mercado laboral, a medida que la producción económica crecía, haciendo caso omiso de todas las predicciones keynesianas y aniquilando por completo la ridícula idea de que el nivel de gasto es lo que determina el resultado de la economía. En cuanto la planificación central gubernamental disminuyó por primera vez desde la crisis de 1929, y en cuanto se permitió que los precios se ajustaran con libertad, éstos cumplieron su función de mecanismo coordinador de la actividad económica, adecuándose a vendedores y compradores, incentivando la producción de bienes demandados por los consumidores y compensando a los trabajadores por su esfuerzo. Pero la situación distaba de ser perfecta, ya que el mundo permanecía fuera del patrón oro, lo que conducía a las omnipresentes distorsiones de la masa monetaria que continuarían acechando a la economía mundial crisis tras crisis.

Es bien sabido que la historia la escriben los vencedores, pero, en la era del dinero gubernamental, los ganadores pueden también pronunciarse sobre los sistemas monetarios mundiales. Estados Unidos convocó a representantes de sus aliados en Bretton Woods (New Hampshire) para hablar sobre la formulación de un nuevo sistema de comercio mundial. La historia no ha sido muy amable con los artífices de esta organización. El representante de Gran Bretaña fue ni más ni menos que John Maynard Keynes, cuya doctrina económica naufragaría en las orillas de la realidad en los decenios posteriores a la guerra; mientras que el representante de Estados Unidos, Harry Dexter White, sería después destapado como un comunista que estuvo en contacto con el régimen soviético durante muchos años. En la lucha por un orden monetario mundial de planificación centralizada, White saldría victorioso con un plan que incluso hacía parecer a Keynes no del todo trastornado. Estados Unidos sería el centro del sistema monetario mundial, otros bancos centrales utilizarían sus dólares como moneda de reserva global, y sus respectivas divisas serían convertibles a dólares a un tipo de cambio fijo, mientras que el dólar lo sería con el oro a una tasa de cambio fija. Para propiciar este sistema, Estados Unidos tomaría oro de los bancos centrales de otros países.

Si bien los ciudadanos estadounidenses todavía tenían prohibido poseer oro, el gobierno de Estados Unidos prometió canjear dólares por oro a los bancos centrales de otros países a un interés fijo, abriendo lo que se conoció como la «ventana del oro». En teoría, el sistema monetario mundial seguía basándose en el oro, y, si el gobierno estadounidense hubiese mantenido la convertibilidad con el oro evitando inflar la masa monetaria más allá de sus reservas de dicho metal mientras otros países no la hubieran inflado, el sistema monetario se hubiera acercado de manera eficaz al patrón oro de la época anterior a la primera guerra mundial. Por supuesto, sí que lo hicieron, y, en la práctica, los tipos de cambio fueron cualquier cosa menos fijos, y se adoptaron disposiciones que permitían a los gobiernos alterar estos tipos para hacer frente a un «desequilibrio fundamental».

Para poder gestionar este sistema global de tipos de cambio esperanzadamente fijos, así como para hacer frente a cualquier posible desequilibrio fundamental, la conferencia de Bretton Woods instauró el Fondo Monetario Internacional (FMI), que ejerce de organismo de coordinación a escala mundial entre los bancos centrales con el objetivo expreso de alcanzar la estabilidad de las tasas de cambio y de los flujos financieros. Básicamente, Bretton Woods trataba de lograr mediante la planificación central lo que el patrón oro internacional del siglo XIX había alcanzado de forma espontánea. Bajo el clásico patrón oro, la unidad monetaria era el oro, mientras que el capital y las mercancías circulaban con libertad entre las naciones, ajustándose los flujos de manera espontánea sin necesidad alguna de control o dirección central, algo que nunca dio lugar a una crisis en la balanza de pagos: cualquiera que fuera la cantidad de dinero o bienes que circulasen a través de las fronteras, lo hacían a discreción de sus dueños sin provocar ningún problema macroeconómico.

No obstante, en el sistema de Bretton Woods, los gobiernos estaban dominados por economistas keynesianos que consideraban que una política fiscal y monetaria activa era un componente importante y natural de la política gubernamental. De manera espontánea, la constante gestión monetaria y fiscal provocaría la fluctuación del valor de las divisas nacionales, lo que produciría un desequilibrio en el comercio y en los flujos de capital. Cuando se devalúa la moneda de un país, sus productos se vuelven más baratos para los extranjeros, lo que lleva a que se exporten más bienes del país, mientras que los poseedores de la moneda nacional tienden a adquirir divisas extranjeras para protegerse de la devaluación de la suya. Es habitual que esta devaluación vaya acompañada de tipos de interés artificialmente bajos, el capital busca salir del país para ir allí donde reciba mejor recompensa, agravando así la devaluación de la divisa. Por otro lado, los países que mantienen sus monedas mejor que otros presenciarán en consecuencia una afluencia de capital siempre que sus vecinos devalúen la suya, lo que lleva a que sus divisas se aprecien aún más. La devaluación siembra el germen de más devaluación, mientras que la valoración de la divisa lleva a una mayor apreciación, provocando una dinámica problemática para ambos gobiernos. Ninguno de estos problemas hubiera podido darse con el patrón oro, donde el valor de la moneda en ambos países era constante, ya que era oro, y la circulación de mercancías y capitales no tenía efectos en el valor de la divisa.

Los mecanismos de ajuste automático del patrón oro siempre habían proporcionado una permanente vara de medir con la que se cuantificaba toda actividad económica, pero las monedas flotantes dieron al mundo desequilibrios económicos. El papel del FMI era desempeñar un imposible ejercicio de equilibrio entre todos los gobiernos del mundo e intentar encontrar cierta clase de estabilidad o «equilibrio» en ese lío, manteniendo las tasas de cambio dentro de cierto arbitrario abanico de valores predeterminados, mientras que los intercambios comerciales y los flujos de capital los movían y modificaban. Pero sin una unidad de cuenta estable para la economía mundial, era un cometido tan inútil como intentar construir una casa con una cinta métrica elástica cuya longitud variase cada vez que se utilizara.
Junto con la instauración del Banco Mundial y del FMI en Bretton Woods, Estados Unidos y sus aliados quisieron establecer otra institución financiera especializada en concertar políticas comerciales. La primera tentativa de implantar una Organización Internacional del Comercio fracasó después de que el Congreso estadounidense se negara a ratificar el tratado, pero se buscó un sustituto con la creación del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (General Agreement on Tariffs and Trade, GATT), que entró en vigor en 1948. El GATT debía ayudar al FMI en la imposible tarea de equilibrar los presupuestos y el comercio para garantizar la estabilidad financiera; en otras palabras, el objetivo era planificar de manera centralizada el comercio mundial y la política fiscal y monetaria para permanecer en equilibrio, como si algo así fuera posible.

Un elemento importante y a menudo ignorado del sistema de Bretton Woods es que la mayoría de los países miembros había trasladado ingentes cantidades de sus reservas de oro a Estados Unidos, y recibido dólares a cambio a razón de 35 dólares por onza de oro. La razón era que el dólar estadounidense iba a ser la divisa mundial para el comercio, y los bancos centrales comerciarían y harían frente a sus obligaciones con ella, obviando la necesidad de la circulación física del oro. En esencia, este sistema era como pretender que toda la economía mundial fuera gestionada como un país en el patrón oro, con la Reserva Federal de Estados Unidos actuando en calidad de banco central mundial, y todos los demás bancos centrales, como bancos regionales; siendo la principal diferencia que la disciplina monetaria del patrón oro había desaparecido casi por completo en este mundo en que no había sistemas de control eficaces sobre los bancos centrales en la ampliación de la masa monetaria, porque ningún ciudadano podía canjear su dinero gubernamental por oro. Sólo los gobiernos podían cambiar sus dólares por oro en Estados Unidos, lo que iba a resultar mucho más complicado de lo esperado. En la actualidad, cada onza de oro por la que los bancos centrales extranjeros recibieron 35 dólares equivale a más de 1.200 dólares.

El expansionismo monetario se convirtió en la nueva norma mundial, y el sutil vínculo que el sistema mantenía con el oro demostró su incapacidad para detener la corrupción de las divisas mundiales y las constantes crisis relacionadas con la balanza de pagos que afecta a la mayoría de los países. No obstante, Estados Unidos acabó en una posición sobresaliente parecida (aunque muy superior en magnitud) al saqueo del Imperio romano y a la inflación de la masa monetaria utilizada por la mayoría del mundo antiguo. Con su divisa distribuida por todo el globo, y los bancos centrales obligados a utilizarla como reserva para comerciar unos con otros, el gobierno estadounidense podía obtener un significativo señoreaje mediante la ampliación de la oferta de dólares, y tampoco tenía motivos para preocuparse de presentar déficit en la balanza de pagos. El economista francés Jacques Reuff acuñó el término «déficit sin lágrimas» para describir la nueva realidad económica que vivía Estados Unidos, en la que podía comprar cuanto quisiera del mundo y financiarlo mediante la monetización de la deuda aumentando el dinero en circulación que todo el mundo utilizaba.

La relativa austeridad fiscal de los primeros años posteriores a la segunda guerra mundial pronto dio paso a la tentación irresistible, desde el punto de vista político, del «todo gratis» mediante la inflación, en particular para el estado de guerra y el Estado del Bienestar. La industria militar que prosperó durante la segunda guerra mundial creció hasta convertirse en lo que el presidente Eisenhower denominó el complejo industrial-militar, un enorme conglomerado de industrias de sobra poderoso para exigir cada vez más fondos del gobierno, así como para conducir la política internacional de Estados Unidos hacia una interminable serie de costosos conflictos sin ninguna meta final lógica ni ningún objetivo claro. La doctrina del violento keynesianismo militante afirmaba que este gasto era bueno para la economía, lo que hizo que fueran más fáciles de digerir para el electorado estadounidense los millones de vidas que destruyó.

Esta maquinaria de guerra también se volvió más aceptable para el pueblo estadounidense porque procedía de los mismos políticos que intensificaron las prestaciones sociales en diversas formas y modalidades. Desde el programa de reformas sociales conocido como la Gran Sociedad (con dos objetivos centrales, acabar con la pobreza y con la injusticia social), hasta las viviendas de protección oficial, la educación y la asistencia sanitaria, el dinero fíat permitió al electorado estadounidense ignorar las leyes de la economía y creer que el todo gratis (o al menos con descuento a perpetuidad) era de algún modo posible. En ausencia de la convertibilidad con el oro, y con la capacidad de dispersar los costes de la inflación sobre el resto del mundo, la única fórmula política ganadora consistía en incrementar el gasto público financiado por la inflación. En Estados Unidos, cada uno de los mandatos presidenciales de posguerra presenció un aumento del gasto público y de la deuda nacional, así como una pérdida del poder adquisitivo del dólar. En presencia del dinero fíat para financiar al gobierno, desaparecieron las diferencias entre las políticas de los partidos, ya que éstas no incluían contrapartidas y todos los candidatos podían abanderar cualquier causa.

Antecedentes del dinero gubernamental

El débil vínculo de la intercambiabilidad del oro era un molesto detalle para el inflacionismo del gobierno estadounidense, y esto se manifestaba en dos síntomas. El primero de ellos era que el mercado mundial del oro procuraba siempre reflejar la realidad del inflacionismo a través de un precio del oro más elevado. Esto se abordó mediante el establecimiento del London Gold Pool («piscina del oro»), cuyo objetivo era bajar el precio del oro mediante el traslado de las reservas en oro que atesoraban los gobiernos al mercado. Esto sólo funcionó durante una temporada, pero, en 1968, el dólar estadounidense tuvo que comenzar a revalorizarse frente al oro para aceptar los años de inflación que había sufrido. El segundo problema se debió a que algunos países comenzaron a tratar de repatriar sus reservas de oro desde Estados Unidos al comenzar a reconocer la disminución del poder adquisitivo de su papel moneda. El presidente francés Charles de Gaulle llegó incluso a enviar un carguero militar a Nueva York para que repatriase a Francia su oro, pero, cuando los alemanes intentaron repatriar el suyo, Estados Unidos se plantó. Las reservas de oro se estaban agotando, y el 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon anunció el final de la convertibilidad del dólar en oro, dejando así que el precio del oro flotase con libertad en el mercado. En efecto, Estados Unidos había faltado a su compromiso de canjear sus dólares por oro. Se había dado rienda suelta a que los tipos de cambio fijos entre las divisas mundiales, que el FMI tenía el mandato de mantener, los determinara la circulación de mercancías y capitales a través de las fronteras, en un mercado internacional de divisas cada vez más sofisticado.

Libre de las últimas restricciones de la pretensión del canje del oro, el gobierno estadounidense amplió su política monetaria a una escala sin precedentes, lo que provocó una gran reducción del poder de compra del dólar y un aumento de los precios en general. Estados Unidos y sus economistas culparon a todo y a todos del alza de los precios, salvo a la fuente real de la subida de los mismos, el incremento de la oferta del dólar. Casi todas las demás monedas corrieron peor suerte, ya que fueron víctimas de la inflación de los dólares que las respaldaban, así como de la inflación de los bancos que las emitían.

La medida tomada por el presidente Nixon dio fin al proceso iniciado con la primera guerra mundial, haciendo que la economía mundial pasara de un patrón oro mundial a un patrón basado en varias divisas emitidas por gobiernos. Con un mundo cada vez más globalizado, junto con los progresos en el transporte y las telecomunicaciones, unas tasas de cambio que fluctuaban con libertad configuraban lo que Hoppe denominó «un sistema de trueque parcial». Para comprar cosas a personas que vivían al otro lado de líneas imaginarias en la arena ahora había que utilizar más de un instrumento de cambio, lo que reavivó los viejos problemas de la falta de coincidencia de deseos. El vendedor no quiere la moneda del comprador, de modo que éste tiene que comprar antes otra divisa e incurrir en costes de conversión. A medida que los avances en el transporte y las comunicaciones siguen incrementando la integración económica mundial, el coste de estas deficiencias no deja de crecer. El mercado de divisas, con un volumen diario de cinco billones de dólares, sólo existe como consecuencia de esta ineficacia de la ausencia de una sola divisa internacional homogénea.

Si bien la mayoría de los gobiernos producen sus propias divisas, el estadounidense fue el que emitió la principal moneda de reserva con la que otros gobiernos respaldaban las suyas. Ésta fue la primera vez en la historia humana en que todo el planeta funcionó con dinero gubernamental, y aunque semejante idea es considerada normal e incuestionable en la mayoría de los círculos académicos, merece la pena examinar la solidez de esta forma de dinero predominante.

En teoría es posible crear de manera artificial un activo escaso para otorgarle un rol monetario. Gobiernos de todo el mundo lo hicieron tras abandonar el patrón oro, al igual que lo hizo el creador de Bitcoin, con desigual resultado. Después de romper el vínculo entre el dinero fíat y el oro, la tasa de oferta de los papeles moneda ha tenido mayor crecimiento que la del oro y, en consecuencia, ha sido testigo de un derrumbre de su valor frente al oro. El agregado M2 de la masa monetaria total estadounidense era de unos 600.000 millones de dólares en 1971, mientras que en la actualidad es de más de 12 billones de dólares, aumentando a una tasa media anual del 6,7 por ciento. En la misma medida, en 1971, una onza de oro valía 35 dólares, y hoy día vale más de 1.200 dólares.

El examen de los antecedentes del dinero gubernamental nos revela un panorama dispar sobre la ratio existencias/flujo de diferentes divisas a lo largo del tiempo. Las monedas relativamente estables y fuertes de los países desarrollados solían tener índices de crecimiento de un solo dígito, pero con una variación mucho más elevada, incluidas las contracciones de la oferta durante recesiones deflacionarias. Los países en vías de desarrollo han experimentado en numerosas ocasiones tasas de crecimiento de la oferta más próximas a las de los productos de consumo, lo que los ha conducido a una desastrosa hiperinflación y a la destrucción de la riqueza de sus dueños. El Banco Mundial ofrece datos sobre el crecimiento del agregado monetario amplio de 167 naciones, para el período entre 1960 y 2015. Si bien los datos no están completos para todos los países y todos los años, el crecimiento medio de la masa monetaria es de un 32,16 por ciento al año por país.

La cifra del 32,16 por ciento no incluye varios años hiperinflacionarios en los que se destruyó por completo una divisa y fue reemplazada por una nueva, por lo que el resultado de este análisis no puede decirnos con claridad qué monedas salieron peor paradas, ya que algunos de los datos más significativos no pueden compararse.

Pero si analizamos los Estados que han tenido mayor incremento medio de la masa monetaria, veremos una lista de países que tuvieron varios episodios de problemas inflacionarios muy difundidos durante el período abarcado.

Durante los períodos hiperinflacionarios, los habitantes de países en desarrollo venden su divisa nacional y compran bienes duraderos, productos básicos, oro y monedas internacionales.
Las divisas de reserva internacionales, como el dólar, el euro, el yen y el franco suizo, están disponibles en la mayor parte del mundo, incluso en el mercado negro, y responden a una parte significativamente alta de la demanda mundial de una reserva de valor. La razón de ello resulta evidente cuando se examinan los índices de crecimiento de su oferta, que han sido relativamente bajos a lo largo del tiempo. Puesto que constituyen las principales opciones en tanto que reservas de valor disponible para la mayoría de la gente en todo el mundo, es importante examinar sus tasas de crecimiento de la oferta por separado de las divisas menos estables. La media para las diez monedas más líquidas en los mercados internacionales es de un 11,13 por ciento para el período correspondiente a 1960-2015, y de sólo un 7,79 por ciento para el comprendido entre 1990 y 2015. Esto revela que las monedas más aceptadas en todo el mundo y con mayor vendibilidad a nivel global, tienen una ratio existencias/flujo más elevada que otras divisas, como el análisis del presente libro pronostica.

Durante el período de las décadas de 1970 y 1980, que recogía el comienzo de la era de las monedas nacionales flotantes, la mayoría de los países experimentaron una elevada inflación. Las cosas mejoraron después de 1990, y la tasa media de crecimiento de la oferta cayó. Los datos de la OCDE muestran que, durante el período comprendido entre 1990 y 2015, la tasa media de crecimiento interanual del agregado monetario amplio fue de un 7,17 por ciento para los países de la OCDE.

Podemos apreciar que el crecimiento de la masa de las principales divisas nacionales del mundo suele tener, de manera predecible, bajos índices. Las economías desarrolladas han tenido incrementos más lentos en la masa de sus divisas que los países en vías de desarrollo, los cuales han experimentado una subida de los precios más rápida y varios períodos de hiperinflación en la historia reciente. Las economías avanzadas han visto crecer por lo común su agregado monetario amplio a una tasa de entre un 2 por ciento y un 8 por ciento, con una media aproximada del 5 por ciento, y raras veces ha sido superior a un 10 por ciento ni ha bajado a niveles negativos. Los países en desarrollo experimentan tasas de crecimiento mucho más erráticas, que fluctúan hasta los dos dígitos, a veces tres, y algunas incluso cuatro dígitos, aunque en ocasiones bajan a niveles negativos, lo que refleja mayor inestabilidad financiera en estos países y divisas.

Un crecimiento del 5 por ciento anual puede no parecer mucho, pero duplicaría la masa monetaria de un país en sólo quince años. Éste fue el motivo por el que la plata perdió en su carrera monetaria con el oro, cuya menor tasa de crecimiento de la oferta significaba un menoscabo del poder adquisitivo mucho más lento.

La hiperinflación es un tipo de desastre económico exclusivo del dinero gubernamental. Nunca se dieron casos de hiperinflación en economías que operasen con un patrón oro o plata; e incluso cuando el dinero mercancía, como las conchas y las cuentas de cristal, perdieron su papel monetario con el tiempo, por lo general lo hicieron despacio, y se fue imponiendo el recambio que se hacía cada vez más con el poder adquisitivo del dinero saliente. Pero con el dinero gubernamental, cuyo coste de producción tiende a cero, se ha vuelto muy posible para toda una sociedad experimentar la desaparición de todos sus ahorros en forma de dinero en el espacio de meses o incluso semanas.

La hiperinflación es un fenómeno mucho más pernicioso que una simple pérdida de gran valor económico por una gran cantidad de gente; constituye un completo colapso de la estructura de la producción económica de una sociedad construida a lo largo de siglos y milenios. Con el hundimiento de la moneda, resulta imposible comerciar, producir o realizar cualquier cosa más allá de intentar cubrir las necesidades vitales más básicas. Cuando las estructuras de producción y comercio que las sociedades vienen desarrollando a lo largo de siglos se derrumban debido a la incapacidad de los consumidores, los productores y los trabajadores de pagarse entre sí, los bienes que las personas dan por seguros comienzan a desaparecer. El capital se destruye y se vende para financiar el consumo. Primero desaparecen los artículos de lujo, pero pronto le siguen los elementos esenciales de supervivencia, hasta que los seres humanos vuelvan a un estado salvaje en que tienen que valerse por sí mismos y luchar para garantizarse las necesidades más básicas. A medida que la calidad de vida de las personas se va deteriorando de manera considerable, la desesperación empieza a tornarse en indignación y rabia, se buscan chivos expiatorios, y los políticos más demagógicos y oportunistas se aprovechan de la situación, avivando la ira de la gente para hacerse con el poder. El ejemplo más claro de esto es la inflación de la República de Weimar en la década de 1920, que no sólo llevó a la destrucción y desintegración de una de las economías más prósperas y avanzadas del mundo, sino que también impulsó el ascenso de Adolf Hitler al poder.

Incluso si los libros de texto tenían razón sobre las ventajas derivadas de la gestión por parte del gobierno de la masa monetaria, el daño causado por un episodio de hiperinflación en cualquier parte del mundo las supera con creces. Y el siglo del dinero gubernamental tuvo más de un episodio catastrófico.

Mientras se escriben estas líneas, le toca a Venezuela pasar por ello y experimentar los estragos causados por la destrucción de dinero, pero se trata de un proceso que ha ocurrido 56 veces desde el final de la primera guerra mundial, según estudios realizados por Steve Hanke y Charles Bushnell, que definieron la hiperinflación como un incremento del 50 por ciento del nivel de precios en un plazo de un mes. Hanke y Bushnell han podido verificar 57 episodios de hiperinflación en la historia, de los que sólo uno sucedió antes de la era del nacionalismo monetario: la inflación de Francia en 1795 como consecuencia de la burbuja de la Compañía del Misisipi, que también se produjo mediante dinero gubernamental y que fue diseñada por el honorífico padre del moderno dinero gubernamental, John Law.

El problema con el dinero facilitado por el gobierno es que su solidez depende por completo de la capacidad de los responsables de no inflar su masa. Sólo las restricciones políticas proporcionan solidez, y no existen limitaciones físicas, económicas o naturales sobre la cantidad de moneda que puede emitir un gobierno. Exige un gran esfuerzo producir ganado, plata, oro y conchas marinas, que no se pueden generar en grandes cantidades en un abrir y cerrar de ojos, pero el dinero gubernamental sólo necesita el fíat del gobierno. El constante aumento de la oferta significa una continua devaluación de la moneda, lo que supone expropiar la riqueza de los poseedores de la misma para beneficiar a quienes la emiten, así como a los primeros en recibirla. La historia ha demostrado que los gobiernos siempre sucumbirán a la tentación de inflar la masa monetaria. Tanto si es por patente trapicheo, por «emergencia nacional» o debido a una invasión de escuelas de economía inflacionista, el gobierno siempre encontrará una razón y una forma de imprimir más dinero, aumentando su poder al mismo tiempo que reduce la riqueza de los titulares de la moneda. Esto no difiere mucho de la situación en la que los productores de cobre extraían mayor cantidad de mineral en respuesta a la demanda monetaria del mismo; eso recompensa a los productores del bien monetario, pero castiga a quienes eligen invertir sus ahorros en cobre.

Si una moneda demostrara de manera convincente que no es posible incrementar su oferta, de inmediato aumentaría su valor de manera significativa. En 2003, cuando Estados Unidos invadió Irak, los bombardeos aéreos destrozaron el banco central iraquí y, con él, la capacidad del gobierno de imprimir nuevos dinares iraquíes. Esto condujo a que el dinar se apreciara de repente de manera espectacular ya que los iraquíes ganaron confianza en la divisa debido a que ningún banco central podía imprimir más. Algo parecido sucedió a los chelines somalíes tras la destrucción de su banco central.41 El dinero es más deseable cuando escasea de forma manifiesta que cuando es susceptible de ser devaluado.

Varios son los motivos que mantienen el dinero gubernamental como principal moneda de nuestro tiempo. En primer lugar, los gobiernos exigen que los impuestos se paguen en su moneda, lo que significa que es muy probable que los ciudadanos la acepten, proporcionando así ventajas en su vendibilidad. En segundo lugar, el control y la regulación del sistema bancario por parte de los gobiernos significa que los bancos sólo pueden abrir cuentas y operar con una divisa autorizada por el mismo, otorgando así al dinero gubernamental un grado mucho más elevado de vendibilidad que a cualquier posible competidor. En tercer lugar, las leyes que regulan las monedas de curso legal prohíben en muchos países utilizar otras formas de dinero para efectuar pagos. En cuarto lugar, todas las monedas gubernamentales siguen respaldadas por reservas de oro, o garantizadas por divisas avaladas por reservas de oro. Según datos del Consejo Mundial del Oro, los bancos centrales acumulan en la actualidad unas 33.000 toneladas de oro en sus reservas. Las de los bancos centrales ascendieron con rapidez en la primera parte del siglo XX, ya que muchos gobiernos confiscaron el oro de sus ciudadanos y de sus bancos, y les obligaron a utilizar su moneda. A finales de la década de 1960, con el sistema de Bretton Woods soportando con gran dificultad la presión de un aumento de la masa monetaria, los gobiernos comenzaron a desprenderse de parte de sus reservas de oro. No obstante, en 2008 se invirtió la tendencia, y los bancos centrales volvieron a comprar oro, de modo que la oferta mundial ha aumentado. Es irónico y muy revelador que, en la época del dinero gubernamental, los mismos gobiernos posean mucho más oro en sus reservas oficiales del que tuvieron bajo el patrón oro internacional de 1871 1914. Está claro que el oro no ha perdido su rol monetario; sigue siendo el único extintor de deuda definitivo, la única moneda cuyo valor no es una obligación de nadie más y el principal activo mundial que no conlleva riesgo de contraparte. Sin embargo, su acceso en tanto papel monetario se ha restringido a los bancos centrales, mientras que a las personas se las ha llevado a utilizar moneda gubernamental.

Las grandes reservas de oro de los bancos centrales pueden utilizarse como moneda de emergencia para vender o arrendar en el mercado del oro a fin de evitar que el precio del mismo suba durante períodos de mayor demanda, y proteger así el papel monopolizador del dinero gubernamental. Como Alan Greenspan explicó una vez: «Los bancos centrales están dispuestos a prestar cantidades crecientes de oro si el precio del oro aumenta».

A medida que la tecnología ha avanzado para permitir formas de dinero aún más sofisticadas, entre otras cosas papel moneda fácil de llevar a todas partes, se ha introducido un nuevo problema de vendibilidad, a saber, el de la capacidad del vendedor para vender sus bienes sin la intervención de terceros que podrían fijar restricciones a la vendibilidad de esa moneda. No se trata de una cuestión que se dé con el dinero mercancía, cuyo valor de mercado emerge del mismo y no puede ser dictado por terceras partes en la transacción: ganado, sal, oro y plata, todos ellos tienen un mercado y unos compradores interesados. Pero, con la moneda emitida por el gobierno con escaso valor como mercancía, la vendibilidad puede verse comprometida por los gobiernos que la emitieron si la declaran no válida como moneda de curso legal. Los ciudadanos de la India que se despertaron el 8 de noviembre de 2016 y escucharon que su gobierno había suspendido el estatus legal de los billetes de 500 y 1.000 rupias sin duda pueden confirmar esto último. En un abrir y cerrar de ojos, lo que era dinero altamente vendible perdió su valor y tuvo que cambiarse en los bancos tras padecer esperas en largas colas. Y a medida que la mayor parte del mundo va en la dirección de reducir su dependencia del efectivo, más dinero de la gente se deposita en bancos supervisados por los gobiernos, tornándolo vulnerable a la confiscación o a los controles de capital. El hecho de que estos procedimientos suelan ocurrir en momentos de crisis económicas, cuando las personas más necesitan el dinero, es uno de los principales impedimentos a la vendibilidad del dinero emitido por el gobierno.

El control gubernamental del dinero ha hecho que éste pase de ser la remuneración por producir valor a la recompensa por rendir obediencia a los funcionarios del gobierno. Resulta inviable para cualquiera acumular riqueza en dinero gubernamental sin la aceptación del gobierno. Éste puede confiscar dinero de los monopolios bancarios que controla, inflar la moneda para devaluar la riqueza de sus propietarios a la vez que recompensa a sus súbditos más leales, imponer impuestos draconianos y castigar a quienes los evaden, e incluso confiscar cuentas.

Si bien en tiempos del economista austríaco Menger los criterios para determinar cuál era la mejor moneda giraba en torno a entender la vendibilidad y a qué elegiría el mundo como dinero, en el siglo xx, el control gubernamental del mismo ha supuesto un nuevo e importante requisito añadido a la vendibilidad, a saber, la vendibilidad del dinero conforme a la voluntad de sus dueños, y no de alguna otra parte. La combinación de estos criterios formula una comprensión completa del término moneda sólida como el dinero elegido con libertad por el mercado y aquel que está por completo bajo el control de la persona que lo ha ganado de manera legítima en el libre mercado y no de ninguna otra tercera parte.

Aunque fue un ferviente defensor del papel del oro como divisa durante su tiempo, Ludwig von Mises entendió que este rol monetario no era algo inherente o intrínseco al oro. Siendo uno de los decanos de la tradición austríaca en economía, Mises comprendía bien que el valor no existe fuera de la conciencia humana, y que no había nada inherente a los metales y otras sustancias que les pudiera asignar un papel monetario. Para Mises, el estatus monetario del oro se debía a su cumplimiento de los criterios para el dinero sólido tal como él los entendía:

El principio del dinero sólido presenta dos aspectos. Es afirmativo en la aprobación de la elección del mercado de un medio de intercambio utilizado comúnmente. Es negativo en la obstrucción de la propensión de los gobiernos a inmiscuirse en el sistema monetario.

Así pues, según Mises, una moneda sólida es aquella que el mercado elige libremente que sea dinero y que permanece bajo el control de su dueño, a salvo de intromisiones e intervenciones coercitivas. Durante el tiempo en que el dinero no estuvo controlado por nadie más que por su dueño, quienquiera que lo controlara siempre se enfrentaría a un incentivo demasiado grande para hurtar el valor del dinero mediante la inflación o la expropiación, así como para utilizarlo como herramienta política a fin de lograr sus metas políticas a expensas de sus tenedores. En la práctica, esto requisa riqueza de la gente que la produce y se la da a quienes se especializan en el control del dinero sin que en realidad produzcan cosas valoradas por la sociedad, del mismo modo que los comerciantes europeos pudieron robar a la sociedad africana inundándolos con cuentas de cristal baratas, como se indica en el capítulo 2. Ninguna sociedad puede prosperar cuando semejante cauce para los ricos permanece abierto, a costa de empobrecer a quienes procuran medios productivos de riqueza. Por otra parte, una moneda sólida hace que el servicio y el trabajo valiosos para los demás sean la única vía abierta a la prosperidad que pueden alcanzar las personas, concentrando así los esfuerzos de la sociedad en la producción, la cooperación, la acumulación de capital y el comercio.

El siglo XX fue el del dinero poco sólido y el del Estado omnipotente, ya que las imposiciones de los gobiernos negaron una elección de dinero basada en el mercado, y el papel moneda emitido por los mismos fue impuesto a la gente con amenazas de violencia. Con el paso del tiempo, los gobiernos se apartaron aún más de una moneda sólida a medida que sus gastos y déficits aumentaban, sus monedas se devaluaban sin parar y una parte aún mayor de los ingresos nacionales acababa controlada por el gobierno. Con los gobiernos incrementando su intromisión en todas las esferas de la vida, éstos controlaron cada vez más el sistema educativo, el cual utilizaron para grabar en la mente de la gente la fantasiosa idea de que las leyes de la economía no se aplicaban a los gobiernos, y de que prosperarían cuanto más consumieran. La obra de maniáticos monetarios como John Maynard Keynes se enseñaban en las universidades modernas, difundiendo la idea de que el gasto público sólo tiene beneficios, nunca costes. Después de todo, el gobierno siempre puede imprimir más dinero, por lo que no se enfrenta a limitaciones en su gasto público, algo que puede utilizarse para lograr cualquier objetivo de cara al electorado.

Para quienes adoran el poder gubernamental y se complacen con el control totalitario, como los muchos regímenes totalitarios y genocidas del siglo XX, este acuerdo monetario fue una bendición. Pero, para quienes valoraban la libertad, la paz y la cooperación entre los seres humanos, tal acuerdo condujo a una época deprimente en la que las perspectivas de reformas económicas retrocedieron aún más con el tiempo y las posibilidades de que el proceso político nos devolviera en algún momento a la cordura monetaria se había convertido en un sueño cada vez más fantástico. Como dijo Friedrich Hayek:
No creo que volvamos a tener alguna vez una buena moneda antes de sacar el tema de manos del gobierno, es decir, no podemos arrancárselo con violencia, lo único que podemos hacer es introducir algo de alguna forma taimada e indirecta que [el gobierno] no puedan detener.

Son palabras de Hayek en 1984. Completamente ajeno a la materialización concreta de ese «algo que no puedan detener», Friedrich Hayek exhibía entonces una clarividencia que parece impresionante en la actualidad. Tres décadas después de que se pronunciaran estas palabras, y un siglo después de que los gobiernos destruyeran el último vestigio de dinero sólido que el patrón oro representaba, personas en todo el mundo tienen la oportunidad de ahorrar y efectuar transacciones con una nueva forma de dinero, escogida con libertad en el mercado y fuera del control gubernamental. En su etapa inicial, Bitcoin ya parece satisfacer todos los requisitos de Menger, Mises y Hayek: se trata de una opción muy vendible en el libre mercado y resistente a la intervención gubernamental.

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